5 de noviembre de 2009

El colectivo

Malabia estaba cortada. El colectivo 106 se desviaba, tuve que buscar adonde tomármelo. Me paré en una esquina por donde pasaron dos colectivos seguidos, los cuales perdí. Después de eso, ningun colectivo pasaba por el desvío. Vi que uno paraba justo en la esquina anterior. Corrí para alcanzarlo, pero no llegué. Justo cuando me paré en la esquina a esperar el colectivo, reabrieron Malabia, y yo no me enteré, por supuesto. Esperé el colectivo siguiente, que llegó en menos de 3 minutos.
Todos sabemos lo que podemos encontrar en un colectivo a las 5:45 de la tarde de un día Jueves.
Cuando subí, le ordené al chofer: -Uno veinticinco, por favor. - Cuando pasé, pude ver que el micro estaba lleno, lo que hice fue sostenerme del primer poste que pude, y ponerme a mirar a la gente que tenia a mi alrededor. El colectivo era uno de esos de los nuevos... un 106 copado, pero lleno.

Del lado de la ventanilla, atras de... de eso que te come las monedas, había una mujer vestida con una remera lila, muy callada, su mirada expresaba cansancio, pero no parecía volver de trabajar. A su lado estaba sentada una chica preciosa. Sus ojos eran verdes y era delgada. Tenía un cuello ortopédico y estaba acompañada por una hermosa nena (dormida) de un año y tres meses. La edad de la creatura la sé, porque la chica de ojos verdes se puso a hablar con una mujer arrugada, no vieja, pero arrugada, dientona... no era agradable. Esa mujer me miraba mal. Al lado de la dientona, se encontraba un hombre con un bebé, que intentaba comerse el chupete. Sentado atrás de la dientona, estaba mi amor pasajero. Un muchacho de unos aproximadamente veinte años, de ojos celeste/verdosos y una cresta (no muy grande, de esas facheras) en su cabeza. Medía aproximadamente 1.85 m.
Un poco mas tarde, subieron unos hombres con pinta de obreros. No les presté atencion, solo vi uno que me miraba. Subió, además, una mujer de anteojos, rellenita, con una camisa blanca y una mochila roja, que la sostuvo delante suyo. Sacó su celular y se puso los auriculares.
Unas paradas más adelante, me encontré con un hombre que me dejó sorprendida. Se notaba que era brasilero, en su tono de piel y en su forma de hablar. Subió con un nene de sus mismas características y una mochila de carrito. Indudablemente era el padre que lo habia ido a buscar al colegio. Al hombre le sonó el NEXTEL, al que atendió mientas colocaba las monedas en el.. coso que te come las monedas. El hombre comenzó a reir, mientras hablaba en portugués con alguien por su nextel. Así estuvo, hasta que me bajé.
Al momento de bajarme de ese colectivo, cuando iba a presionar el botón para descender, un hombre me dijo con una voz gruesa y escalofriante: -Bajás en ésta?- A lo que contesté atónita moviendo mi cabeza de arriba a abajo. Miré para otro lado, ese hombre me había asustado. Cuando me bajé, traté de caminar lo más rapìdo posible esa cuadra que separa mi casa de la parada del 106. Miré para atrás, para ver si el viejo me seguía. Soy una perseguida, lo sé. Pero bueno, tuve miedo.

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